Como todos los días el hombre de la cabellera blanca ocupa su silla en un parquecito del centro de Viena. Ha madrugado movido por la costumbre y porque desde hace unos cuantos años el sueño se ha convertido en un bien escaso. De camino al parque ha comprado lo que será hoy su almuerzo y con esa bolsa de papel de estraza ha acudido a una cita a la que no ha faltado en los últimos 12 años.
Ocupa una silla, la última de una fila ahora vacía. Sí, también podría ser la primera, pero tengo duda alguna de que és la última. Al menos lo es desde hace casi un mes, fue entonces cuando H se dejó ir y ya sólo hubo silencio y una serie de sillas vacías al lado de la última, ésa que él ahora ocupa embarrancado en un diálogo de silencios.
Sentado, la espalda recta. Digno. Sentado, la mirada lejana en ese viaje al fondo de sí mismo. Superviviente. Tal vez piensa que una buena definición de soledad es estar sentado en la última silla de una fila en las que las demás permanecen ya vacías.
